martes, 6 de mayo de 2014

Salix babylonica

Estas noches de desolación, nos arrimamos a la sombra del viejo árbol. Nuestro amigo nos resguarda pues no queremos que nos descubran los ojos hinchados junto a la nariz roja.

El rocío nocturno en la superficie de su cuerpo húmedo, al que ambos nos apegamos, se mezcla con nuestra cara empapada y forman un pesaroso conjunto que tiene por nombre: la líquida melancolía.

En ese lugar donde reina el silencio y se nos asegura la privacidad, los sentimientos tienen una doble carga de intensidad ya que no hay nada que esconder. Si cerramos los ojos, tenemos la certeza de habernos vuelto una misma alma.

Mantenemos el perfil bajo y la mirada triste dentro de la búsqueda implacable de un cobijo, de algún consuelo. Pasado un tiempo, re-encuentro ese peculiar resplandor que desprenden tus ojos y es cuando recordamos que allá, en un lugar irrisorio, están esos astros que parecen muertos pero que en realidad están llenos de vida.

Esas estrellas llenas de instantes, antaño presentes, hoy pasado. Contemplamos el oscuro manto y percibimos que no está del todo cubierto, aún faltan huecos por llenar con nuevas y jóvenes estrellas, cargadas de dicha y bienestar, que ya se están aproximando.

Cuando sopla el viento, las hojas más largas y viejas, cargadas de memorias compartidas, tiernamente, nos hacen cosquillas en la mejilla e insinuamos una sonrisa. Con la mirada seguimos las ramitas y entrevemos que sostienen varias hojas nuevas, pequeñas y muy verdes.

El color se puede apreciar a pesar de la ausencia de la luz como una expresión de la profundidad del afecto. La esperanza de la nueva vida, de que no todo está perdido, de que habrá un futuro...Sólo basta esperar a que nazcan nuevas hojas, basta esperar un poco.

(Ambos sabemos que nuestra unión es inquebrantable.)


miércoles, 8 de enero de 2014

Enero.


Agradezco al invierno.

Aunque mi nariz sea roja y tenga los lentes empañados por el café caliente. De pronto, debajo del gorro,   que mantiene a salvo mi par de orejas, aparece la mirada perdida ahí, en un punto de la pared blanca, mientras el tocadiscos reproduce esa canción que sé de memoria con pausas y silencios, esa canción que ha estado sonando un sinnúmero de ocasiones antes.

Esas letras que engloban un poco de ti y de mi. Esas letras que traen de vuelta las promesas hechas y el futuro esperanzador, que inyectan el carmesí cuando se está volviendo gris, que intentan recrear el ritmo interior, que asemejan a la felicidad. El “nos amamos” en tono musical.

Una fusión. Aquella cohesión invisible pero sólida, intacta e infinita, semejante a un extenso cordón de plata que pronto ya no será tan interminable como luce hoy. Porque el tiempo reduce la distancia. Porque el tiempo ahora es nuestro aliado.

Aquella unión que nos mantiene enamorados aunque no estés aquí, aunque yo esté aquí y tú estés allá...transitoriamente.


Todos sabemos que cuando hace frío, los días son más cortos y aceleran el paso. Por ello, sí, agradezco al invierno.

jueves, 19 de diciembre de 2013

La fragancia de hoy y de ayer.

Últimamente huele a encerrado, evitando asfixiarse por un resquicio de la ventana rota. La humanidad espera afuera, los autos que aceleran y los transeúntes que se atropellan.

Últimamente huele a encerrado pues la medida del tiempo ha dejado de ser el sol y la luna, ha dejado de ser las horas y los minutos. Aquí, desde este rincón, hemos reinventado el tiempo.

Últimamente huele a encerrado y cuestiono mi ceguera, pues en un principio no me di cuenta. Te tuve y te olvidé. Ahora te encuentro mediante una carta del pasado que se ha tornado amarillenta. Ahora te encuentro tan cercano. Ahora te encuentro. Cuestiono mi ceguera porque ignoró las señales de la intuición.

Últimamente huele a encerrado y a la espera que se mantiene entre la luz tenue de una vela que se consume, sin embargo, no se agota. La espera que observa distante el equilibrio de la balanza, unas veces inclinada hacia la serenidad, otras tantas hacia la impaciencia. En medio, la certidumbre, siempre intacta.

Últimamente huele a encerrado, pues en realidad todo se reduce a lo que mis ojos no pueden ver ni mis manos sentir, todo se reduce a ese instante determinado. Todo se reduce a la añoranza de un momento que, inevitablemente, llegará. El minuto necesario en donde se resuelve la vida, llena de júbilo y triunfo.

Últimamente huele a encerrado, ya que permanecemos aferrados al destino y a la eternidad; al amor  y la terquedad. La resistencia. Sí, a veces, existe la perfección.


Lo más probable es que nosotros estemos vivos y todos los demás muertos.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

IP

El dice su nombre 3 veces, en cada una está más convencido que ella aparecerá. El tiempo de espera que casi lo asfixia, el tictac del reloj que incrementa los nervios y comienza a surgirla duda...Pero no, de pronto, el tiempo se detiene y ella surge de la neblina, con unos ojos ávidos de mirarlo y llenos de amor.

Ahí están los dos mirándose fijamente , un fulgor poco común se refleja en sus ojos, la cosas bellas de la vida asomándose, el fulgor que evidencia sus más profundos sentimientos, aquellos impronunciables, aquellos para que el lenguaje no alcanza a expresar, el fulgor que confirma que son amantes. Logran disipar todas las dudas, ellos se aferran su sueño. Ellos se aferran a algo que otros llamarían imposible pero es que el mundo que intentan representar tiene una escala mayor, este mundo tiene límites y ellos no quieren límites, todo el universo no bastaba para amarse.

Un cúmulo de horas del día invertidas en mirarse, dedicadas al otro en donde no existe nadie más ni nada más que hacer excepto compartir, acrecentando su cariño a niveles estratosféricos que ni uno ni otro pueden imaginarse, Qué regocijo! Comienza a ensancharse ese vínculo de complicidad.

Ríen de vanalidades, ríen del día a día, ríen porque se saben los mejores amantes.
El amor, siempre el amor, ellos creen que aunque haya tierra firme que los separe, al verse ellos se trasladan a su mundo, entre las nubes. Cada gesto lleno de tanto cariño! Asemejan el sol y la luna, los astros rebosantes de alegría al encontrarse. Se eclipsan en las alturas.

Una montaña de tinta y papel dedicados al otro, una montaña de almacenamiento virtual entre palabras, conversaciones e imágenes. Un mundo que han creado mientras llega el día anhelado, aquel en el que ya no se separen.

Y después de todo esto, me preguntas si te quiero conmigo toda la vida?


Ya te tengo y así nos quedaremos viviendo la hermosa vida.

sábado, 21 de septiembre de 2013

El tiempo que condena.

El reloj permanece ahí marcando la hora que no es la hora. Lo han arrinconado y dejado en el olvido. Cubierto de sombra, polvo y óxido. Adquiriendo de la humedad naciente detrás. Deteriorándose de manera irreversible. El recubrimiento fatal.

Ya nadie recuerda. Los sacrificios que exigió el adquirirlo, la anhelación pura que venía desde el alma, la emoción de tenerlo entre sus manos, la indecisión para elegir el lugar en dónde ponerlo para que luciera más, los suspiros arrancados,  el símbolo de esfuerzo, la felicidad que brindó. Todo eso ya nadie lo recuerda.

Ahora para algunos es chatarra y para otros es una reliquia. Dos enfoques que conviven en el espacio. Yo me quedo con el segundo.

Su danzón preferido. El té de flores de jazmín. Su vestido floreado cubriendo sus senos algo caídos. Sus manos callosas por el trabajo duro. Sus ojos bordeados de arrugas cuando reía. Su larga y canosa cabellera. Mis manos entretejiendo una gruesa trensa. Así era. O al menos así la recuerdo yo.

La fotografía tan escasa y costosa en aquellos tiempos obligaban a la memoria a almacenar todas los colores, los olores, las texturas, los ambientes. No había otra manera. Evocaciones desde el rincón.

El único vestigio macizo que queda de esa persona es ese viejo reloj. Una vida apresada en unas manecillas rotas, en un péndulo estático, en un segundero suelto, su funcionamiento pasmado. Una vida apresada un reloj inservible.

Son las 4:44 a.m. El frío ya cala la planta de los pies y el insomnio desaparece. Me voy  a la cama con esta idea: “Mañana le daré cuerda sino lo llevo a arreglar.”


(Pensamiento que probablemente desaparezca al despertar.)