La noche recién comenzaba. Brindábamos por la música en nuestros oídos y por la belleza que nos rodeaba, compartíamos anécdotas, complicidades y sueños. Parecía un gran momento para estar vivos, ansiábamos comernos al mundo.
Las botellas vacías, la sangre ligera, la mente en vértigo. En nuestra euforia, perdimos el control.
Una transformación tan drástica como no habíamos vislumbrado nunca antes estaba a punto de comenzar. Discusiones, reclamos, llantos y enfrentamientos letales. Todas las fallas del pasado se cernían sobre nosotros, ensombreciéndonos a tal punto de resultar seres desconocidos. Los planes a futuro se evaporaban, las promesas se quedaban en el aire, la separación parecía inminente. La lluvia nos golpeaba en la cara y, en la búsqueda de un refugio, encontramos esa vieja y fría iglesia.
Ahí las palabras mordaces incrementaban su fuerza debido al eco, a la soledad y a la oscuridad. Los cirios jugaban macabramente nuestros gestos, haciendo de nuestros rostros, máscaras maléficas con miradas rencorosas. El amor se quebraba delante de los santos. Olvidábamos la marca que nos unía, ésa que sólo desaparecería con una mutilación. Parecía que nada podía poner pausa al hiriente discurso que se había desatado.
Paulatinamente, nuestras cuerdas vocales se vaciaron. Intentamos conciliar el sueño mientras tiritábamos de frío. Cada uno se encontraba en un confesionario, rodeado de los pensamientos más oscuros, hundiéndonos bajo el peso del fracaso. El alma estaba congelada y el corazón a medio morir.
Unas horas más tarde, la luz del amanecer atravesaba los vitrales y derretía el hielo formado durante la noche. Salimos sin mirarnos. Cruzamos la calle y tomaste mi mano. Habíamos enfrentado nuestros demonios más tenebroso. Aquel oscuro pasaje se cerraba junto con la puerta de la iglesia.
La tormenta se había disipado, un nuevo día comenzaba. Era el momento de reconstruir(nos).
Que el cuerpo se duerme y anda el puro espíritu.
Que desearía estar dormido o cloroformado.
Que se conforma de la materia que están hechos los sueños. Que en un sueño cabe toda una vida.
sábado, 28 de marzo de 2020
jueves, 26 de marzo de 2020
Escenario pt. 1
Entre la estática y el silencio, regresemos a la observación e instrospección, a la tinta sobre papel, a las caminatas solitarias, a mirarnos a los ojos y a descubrir versos que contienen toda la belleza del mundo.
viernes, 8 de noviembre de 2019
Microrelato 1
Mientras
escuchaba los aplausos que sus hipócritas amigos daban en aquella fiesta
privada, de pronto, recordó.
Se vio a sí
mismo hace 45 años. Iba en el metro de la línea 2, sentado junto a su madre.
Tendría 6 o 7 años. Como de costumbre, su madre iba leyendo. En alguna
estación, un hombre subió. Un hombre como ningún otro que hubiera visto.
Cabello largo en una coleta, llevaba los lados a rape, dibujos en la piel, ropa
sin color y holgada. Comenzó a recitar un fragmento del libro de “Espejos” de
Eduardo Galeano que en aquel entonces le era desconocido. Hablaba sobre la
magnanimidad de Tenochtitlán, de los adelantos de su tiempo y de las
impresiones que causó a los españoles. Javier recuerda ver al hombre recitando
fervorosamente con una voz grave y movimientos de mano que acentuaban su
relato. Resultaba cautivador.
Fue
precisamente en este punto que, sin saberlo, Javier encontró su vocación y
decidió hacer de la historia su pasión. Comenzó a interesarse en los libros,
primero infantiles y luego con investigaciones más profundas. Ingresó al
colegio, realizó estudios de alto grado y terminó escribiendo un libro
interesantísimo que era por el motivo de su ovación.
Todo lo
anterior lo había llevado a este instante: agradecer a aquel actor, aquella alma auténtica donde fuera que
se encontrara y lanzarle una bendición al aire.
miércoles, 14 de agosto de 2019
Cumpleaños
Madrugada
de insomnio y lluvias torrenciales. Una vida de recuerdos que me ahogan. Se
levantó el telón: ya no hay más.
Hoy era tu
fiesta, éste era tu día. Hoy no hay banquetes ni deseos de una larga vida, pero
la memoria es terca y se aferra.
El gran
vacío en el pecho, el peso en el estómago y el dolor que se acumula y se eleva
al cielo que tampoco ha dejado de llorar.
Mi corazón
te recuerda y me gustaría verte bailar y cantar. Las velas, los rezos y las
flores son el único consuelo.
Tu partida
no tiene vuelta atrás. Lo sé. Me queda la tranquilidad de que te quise a tu
hora y en el lugar preciso.
Del otro
lado, aplauden y ríen en medio de una gran celebración. Allá en la vida eterna,
festejan al que fue un gran abuelo y ahora un ángel mayor.
Te recuerdo, te lloro, te quiero.
miércoles, 19 de septiembre de 2018
Un minuto de silencio
Un año ha pasado desde que la naturaleza dejó sentir su fuerza y magnanimidad.
Aquel 19 de Septiembre todo transcurría con normalidad, el sol brillaba, las aulas llenas de niños, los oficinistas se preparaban para ingerir sus alimentos, los ciudadanos se trasladaban de un lugar a otro, los enfermos se recuperaban, las mascotas dormían o jugaban; la cadencia armoniosa.
Hasta que la Ciudad se sacudió sin piedad. Esparciendo el pavor que causa la incomunicación y la incertidumbre, nos sumergíamos en un caos, desconocido y atroz. Dejó huellas imborrables por la experiencia, los familiares perdidos y los inmuebles caídos. El pueblo mostró una solidaridad y humanismo excepcionales.
365 días después hemos recuperado la sonrisa, el apetito, el dormir el calzones, el tomar el metro subterráneo o el estar en el piso 20 de un edificio. Podemos caminar por la calle a nuestro paso habitual mientras escuchamos música. Regresamos a los bares que están dentro de las zonas más afectadas. La cotidianidad. La rutina se ha restaurado.
Sin embargo, para todos los que vivimos el terremoto tanto en el 2017 y en el 1985, siempre quedará un fantasma, una estela de miedo en lo más profundo de la mirada y un sinfín de resquebrajaduras en las paredes y en el alma.
Aquel 19 de Septiembre todo transcurría con normalidad, el sol brillaba, las aulas llenas de niños, los oficinistas se preparaban para ingerir sus alimentos, los ciudadanos se trasladaban de un lugar a otro, los enfermos se recuperaban, las mascotas dormían o jugaban; la cadencia armoniosa.
Hasta que la Ciudad se sacudió sin piedad. Esparciendo el pavor que causa la incomunicación y la incertidumbre, nos sumergíamos en un caos, desconocido y atroz. Dejó huellas imborrables por la experiencia, los familiares perdidos y los inmuebles caídos. El pueblo mostró una solidaridad y humanismo excepcionales.
365 días después hemos recuperado la sonrisa, el apetito, el dormir el calzones, el tomar el metro subterráneo o el estar en el piso 20 de un edificio. Podemos caminar por la calle a nuestro paso habitual mientras escuchamos música. Regresamos a los bares que están dentro de las zonas más afectadas. La cotidianidad. La rutina se ha restaurado.
Sin embargo, para todos los que vivimos el terremoto tanto en el 2017 y en el 1985, siempre quedará un fantasma, una estela de miedo en lo más profundo de la mirada y un sinfín de resquebrajaduras en las paredes y en el alma.
domingo, 3 de junio de 2018
Domingo de Junio
Así dejábamos pasar el domingo.
En este pequeño lugar alejado y atemporal: un refugio ante el exterior. Haciendo de todo y nada, sumidos en nuestro ritmo y tiempo. Nos turnábamos para tomar la fría lata de cerveza del refri o para preparar el té que inundaba de aromas frutales el espacio. Tumbados en el sofá, el gato venía a instalarse entre nosotros, celoso de caricias. Traíamos de vuelta viejos recuerdos, señalando curiosidades, leyendo algún verso que encontráramos, tarareando precariamente alguna canción, imaginando posibles escenarios o entrelazados en un abrazo abismal: las actividades acostumbradas. Observábamos nuestras siluetas, apenas iluminadas por la lamparilla del buró, tratando de hacer memoria y recordar cada lunar, cada cicatriz, cada pliegue. De la nada, nos mirábamos y reíamos con una sonrisa franca, sabiéndonos afortunados cómplices.
Así dejábamos pasar el domingo. Extasiados, ensimismados, enamorados.
martes, 17 de abril de 2018
Aquel tiempo.
Hablo de aquel tiempo donde el temor nos era desconocido, donde la libertad era nuestra y la defendíamos con un idealismo franco. Intentábamos comernos al mundo sin que el futuro nos detuviera. Tanto el estómago como el bolsillo estaban vacíos sin embargo, eramos felices y amábamos la vida. Recordábamos una canción y nos deteníamos a tararearla en cualquier esquina sin importar las miradas desconcertadas. Escuchábamos la voz perpetua de Reed junto a guitarras ácidas y rasposas mientras esperábamos la gloria y hablábamos de sueños. La locura formaba parte de nosotros y asegurábamos que la celebración cabía en un brindis. Las sonrisas brotaban directas del alma y se perdían en el ambiente lleno de incienso. El amor era despreocupado y fugaz, a la espera de aquel romance verdadero. En un cuaderno roído, escribíamos versos y prosas que trataban de representar a toda una generación. Pasábamos la noche en vela, esperábamos el amanecer y lo tomábamos como un indicio. Nuestros ojos eran fulgurantes y llenos de promesas.
Espera. Aún no hemos olvidado. Sacude las cenizas. Mira cómo tu cabello se despeina con el aire, cómo tu sombra sigue alargándose con cada atardecer, cómo aún hay esperanza. Aún hay asombro y descubrimientos. Aún hay vida.
Espera. Aún no hemos olvidado. Sacude las cenizas. Mira cómo tu cabello se despeina con el aire, cómo tu sombra sigue alargándose con cada atardecer, cómo aún hay esperanza. Aún hay asombro y descubrimientos. Aún hay vida.
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